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LA BELLEZA

Hoy escribo como se escriben las cosas importantes, sin saber muy bien por dónde empezar y con la certeza de que, escriba lo que escriba, se va a quedar corto.

La belleza no es algo que se posea ni algo que se pueda comprar. En realidad, está ocurriendo todo el tiempo, aunque casi siempre pasemos de largo sin mirarla.

Está en lo simple. Vivimos rodeados de momentos así: pequeños destellos que, si nos detenemos, tienen la capacidad de sostenernos.

El olor a café por la mañana, una conversación agradable que no pretende nada, pero te lo dice todo.

Un paseo por el monte, que no necesita adornos para recordarnos lo que es bello: el silencio, solo roto por el viento golpeando contra los árboles; las flores adornando con sus colores la primavera; fijarte en la rutina maravillosa de cualquier animal del bosque y que te deje con la boca abierta; tus perros oliéndolo todo y saliendo detrás de cualquier rastro imposible. La naturaleza no intenta impresionar, simplemente es, y en ese ser nos enseña algo que olvidamos a menudo: que lo auténtico es suficiente para ser bello.

El sonido de las olas del mar rompiendo, con su ritmo desigual, nos recuerda su poder y nos avisa de nuestra pequeñez física ante su grandeza.

Una forma en la que el ser humano ha sabido responder a esa belleza es el arte: perderte en cualquier museo del mundo, emocionarte al ver por primera vez el Guernica de Picasso, perderte en el tríptico del Jardín de las delicias del Bosco con sus detalles interminables, mirar cada detalle de Las Meninas de Velázquez y creer en algún momento que estás dentro de esa habitación con el pintor.

Conmoverte con el gesto de pena de las personas que van a ser ejecutadas en Los fusilamientos del 3 de mayo de Goya, impresionarte con la fuerza de la imagen de La libertad guiando al pueblo de Delacroix, quedarte con la boca abierta ante cualquier escultura griega del Louvre, donde parece que la seda de sus túnicas es real y no está esculpida en mármol.

Sentirte insignificante ante el gótico de la catedral de Colonia y sus 157 metros de altura, la magia del castillo templario de Tomar y su impresionante arte manuelino, el sinsentido del pozo de iniciación de la Quinta da Regaleira, en Sintra, y sus 27 metros de profundidad, simulando el infierno de Dante y su cruz templaria en el fondo.

Podría escribir párrafos y párrafos sobre los distintos tipos de arte y su inmensa grandeza, desde un libro hasta una fotografía, desde una película hasta cualquier poema. Es un lenguaje que no necesita traducción, porque habla directamente de lo que somos.

Y luego está la música…

La música quizás sea la forma más pura de belleza que conocemos: no se puede tocar, pero nos toca; no se puede ver, pero nos transforma. Una canción puede transportarnos a otro tiempo, a otra persona, a una versión de nosotros mismos que creíamos olvidada.

Sentir esa paz interior al escuchar música clásica, quedarnos con la boca abierta con la magia del jazz y su improvisación, dejarnos enamorar por el blues y el soul, hacer que sigan vivos los que ya no están: Mercury, Bowie, Robe, Prince… Sumergirte en la poesía de Sabina o de Kutxi Romero, desahogarte con cualquier canción de metal o reivindicar con el rap. Puede hacernos llorar sin saber por qué o levantarnos cuando no tenemos fuerzas; es un refugio invisible que siempre está ahí.

La belleza, en el fondo, no está solo en lo que observamos, sino en cómo lo miramos. Cuando prestamos atención, cuando dejamos a un lado la vida tan estresante que tenemos, descubrimos que está llena de detalles que merecen ser vistos y sentidos.

Porque siempre ha estado ahí, esperando a que alguien la mire de verdad, y por eso merece tanto la pena vivir: para seguir descubriéndola.

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