Escuela Práctica de Caballería, Santarém, Portugal, 1:30 de la madrugada del 25 de abril de 1974:
El capitán Salgueiro Maia reúne a sus tropas y, sin saber muy bien cómo dirigirse a sus hombres, les dice lo siguiente:
“Hay varias formas de organizar los Estados: está el Estado socialista, el Estado comunista, el Estado capitalista y el que tenemos nosotros ahora. Propongo ponerle fin. Vamos a Lisboa a acabar con esto. El que quiera venir conmigo, que forme filas; el que no quiera, que se quede aquí”.
Todos fueron.

El Estado al que se refería el capitán era un régimen dictatorial que duraba ya 48 años, un régimen represivo, sin libertad de expresión, y que había sumergido a la sociedad portuguesa en la miseria y el oscurantismo.
El dictador António de Oliveira Salazar ya había sido reemplazado por Marcelo Caetano en el 68, pero las promesas de apertura y renovación no terminaban de llegar.
Cuentan las crónicas que a Salazar, relevado del poder tras sufrir un derrame cerebral y ser considerado incapaz, se le estuvo imprimiendo un periódico falso diariamente hasta su fallecimiento, haciéndole creer que seguía en el poder.

El detonante principal fue también el desgaste de las guerras coloniales en África, que empujó a muchos oficiales jóvenes del Movimento das Forças Armadas (MFA) a rebelarse.
La columna salió de Santarém con 160 hombres, 10 vehículos blindados, 12 vehículos de transporte, 2 ambulancias y un jeep.
“El momento más crítico fue la llegada a Terreiro do Paço de una fuerza del régimen comandada por el brigadier Junqueira Reis, quien dio la orden a un tanque blindado M47 de disparar contra nosotros. Entonces, el capitán Salgueiro Maia se metió una granada en el bolsillo y empezó a caminar hacia el tanque para hablar… Fui tras él y todavía no sé por qué”, recuerda Maia Loureiro.
Salgueiro Maia reconocería años más tarde que en ese momento estaba dispuesto a hacer estallar la granada y convertirse en un mártir, pensando que así podría ganar el golpe. Pero pronto descubrió que no era necesario. El teniente al mando del vehículo blindado se negó a disparar y las fuerzas del régimen se rindieron.
“En el camino empezamos a ver una multitud en las calles. Personas de todas las edades, festejando, se subieron a los vehículos, nos abrazaron, nos dieron las gracias… Todavía hoy me emociono cuando pienso en ello”, recuerda el coronel.
Es en este recorrido cuando comienzan a aparecer los primeros claveles rojos que los soldados colocan en los cañones de sus rifles, iniciando, sin saberlo, la iconografía de la Revolución de los Claveles.

En menos de cinco horas, el gobierno se rinde: Marcelo Caetano entrega el poder al general António de Spínola y sale del cuartel escoltado por militares del MFA. El golpe militar se ha completado.
La caída del régimen fue vista, desde el punto de vista obrero, como una victoria histórica contra el fascismo y el imperialismo.
Aunque el levantamiento lo iniciaron las Fuerzas Armadas, millones de trabajadores intervinieron:
Huelgas masivas, ocupación de fábricas, comités elegidos, subidas salariales impuestas por la movilización, ocupación de viviendas vacías y organización vecinal en barrios populares.
Tras la caída de la dictadura, se abrió el Proceso Revolucionario en Curso (PREC), con huelgas, ocupaciones y una fuerte movilización popular, hasta la consolidación de una democracia parlamentaria en 1976.
El poder empezó a discutirse en la calle y en los centros de trabajo, en uno de los procesos socialistas más avanzados desde la Segunda Guerra Mundial.
La Revolución de los Claveles demuestra que una dictadura puede caer cuando pierde el apoyo popular, y que la clase trabajadora, cuando se une, puede pasar de la resistencia a disputar el poder.
La Revolución de los Claveles fue mucho más que una transición democrática; fue una revolución real, donde trabajadores y campesinos pusieron en cuestión quién debería mandar en la sociedad. No culminó en socialismo, cosas de la desunión histórica de la izquierda, pero dejó una de las experiencias de lucha obrera más avanzadas del siglo XX.


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