Hay momentos en los que descubres lo solo que puede dejarte el sistema, en los que sientes un dolor que no es físico, y dudas de si, verdaderamente, todo lo que llevas defendiendo durante años sirve para algo.
Llevo varios años conviviendo con dolor de espalda, el cual ha empeorado mucho en los últimos meses, irradiándose a las piernas debido a una estenosis del canal lumbar por el que discurre la médula espinal.
La desesperación es constante, y más aún cuando en Osakidetza no te dan ningún tipo de solución. Solo la Unidad del Dolor, pinchazos muy dolorosos en la espalda con los que no notas ninguna mejoría y las malas formas del médico de turno, que, supongo que por estrés laboral, por el exceso de pacientes o por lo que sea, no levanta la cabeza del ordenador ni tiene a bien mirarte a la cara.
Y tú sigues con tus dolores, que a veces no te dejan vivir. Vuelves a ir a tu médico de familia por enésima vez y no te deriva a un neurocirujano. Supongo que por órdenes para no aumentar las listas de espera. Te vuelve a mandar a la Unidad del Dolor y, otra vez, volvemos a empezar con este círculo vicioso.
Así que la desesperación me ha llevado a acudir a la sanidad privada. No he ido por lujo, sino porque no he encontrado otra alternativa.
Y entonces he entendido algo: ¿cuánta gente estará igual que yo, sufriendo dolores, enfermedades complicadísimas o problemas de salud mental, y se encontrará con el abandono de nuestro sistema de salud? ¿Cuánta gente no podrá permitirse pagarlo y acabará desesperándose, o haciendo cosas mucho peores?
No es normal que dependas de tener dinero para curarte de una depresión porque el psicólogo de la Seguridad Social te vea una vez al mes. No es normal que no te deriven a un especialista para no engordar las listas de espera.
No es normal que una familia obrera tenga que arruinarse económicamente por una enfermedad.
¿En qué momento hemos llegado a esta situación? ¿En qué momento una resonancia magnética se ha convertido en un privilegio? La salud no debería depender jamás de la cuenta bancaria de nadie.
Es muy triste que el dolor no entienda de clases sociales, pero el tratamiento sí.
Es vergonzoso el deterioro de la sanidad pública, las interminables listas de espera, que te deriven a la privada para cualquier prueba, o que te vendan seguros privados como la solución a todos los problemas. Seguros que, cuando dejas de ser rentable, te expulsan, porque al final son empresas y buscan beneficios.
Es vergonzoso que los trabajadores tengamos que pagar dos veces: primero con nuestros impuestos y después con una clínica privada para intentar sobrevivir.
Nos están haciendo aceptar como normal algo profundamente injusto.
¿Cuánta gente habrá soportando dolor o renunciando a tratamientos porque no puede pagarlos? ¿Cuánta gente habrá empeorado, o incluso fallecido, porque no le detectaron algo grave a tiempo?
La sanidad pública, universal y gratuita fue una conquista colectiva conseguida con mucho esfuerzo, y no debemos cansarnos ni olvidarnos jamás de defenderla.
No es de recibo que la salud se convierta en un negocio. Una sociedad se mide por cómo trata a quien más la necesita, a quien sufre, y creo que ahí nuestro sistema está fracasando.
Es propio de tiranos enriquecerse con el dolor ajeno, y creo que nuestros políticos tienen mucho que ver en ello.
No basta con salir a aplaudir a las ocho, como ocurrió durante la pandemia. La sanidad pública empieza a defenderse en las urnas cada cuatro años.

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